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Josef Pieper
In Memoriam
Hace dos meses falleció, en su apacible casa de Malmedyweg, en las afueras de Münster, Josef Pieper, quien puede ser justamente caracterizado como uno de los más admirables filósofos cris-tianos de este siglo. Nacido en 1904, en la aldea westfaliana de Elte - Etienne Gilson lo lla-maba "le philosophe westphalien" - estudió Filosofía, Derecho y Sociología en Münster y Berlin, doctorándose en 1929 con una tesis sobre Tomás de Aquino. Luego vivió varios años de su trabajo como escritor libre, sin ingresar de modo formal a las estructuras académicas; en esto último influyó su decidida oposición al nazismo, la que se hizo evidente cuando, encargado por una editorial de escribir unos libros sobre las virtudes, comenzó su labor redactando el que cor-responde a la fortaleza, virtud cuyo acto más propio, sostenía Pieper, es la firme resistencia al mal y que alcanza su culminación en el martirio.
Movilizado durante la Segunda Guerra Mundial, debió suspender su trabajo intelectual, el que reinició a fines de la contienda, siendo designado en 1946 Profesor de la Escuela Superior de Pedagogía de Essen. Poco tiempo después pudo volver a su querida Westfalia, al ser nombrado Profesor Ordinario de Antropología Filosófica en el Philosophisches Seminar de la Universidad de Münster, cargo que ejerció hasta su emeritazgo. Luego de su retiro, continuó dictando cursos y seminarios en la Universidad, actividades que sólo abandonó poco antes de su muerte.
Su obra escrita es de una vastedad inusual para un filósofo, ya que incluye decenas de libros, centenas de artículos, casi un millón de ejemplares editados y traducciones al inglés, español, francés, italiano, polaco, sueco, portugués, holandés y japonés. Casi todos sus libros son muy breves, ágiles y armónicos, como que se inspiró en una forma musical, la "suite", para dar forma a sus escritos. Si bien su obra filosófica abarca casi todas las partes de la Filosofía, hay cuatro temas que parecen haber acaparado preferentemente su atención: el de las virtudes morales y teologales ("Las virtudes fundamentales"), el de la esperanza y el fin de los tiempos ("Sobre el fin de los tiempos", "Sobre la esperanza", "Muerte e inmortalidad"), el del ocio y la contemplación ("El ocio y la vida intelectual", "Una teoría de la fiesta", "Entusiamo y delirio divino") y el del realismo filosófico ("El descubrimiento de la realidad", "Defensa de la filosofía", "Actualidad del tomismo"). Además, escribió enjundiosos libros de Historia de la Filosofía, entre los que se destacan el muy suscinto "Escolástica" y una originalísima "Introducción a Tomás de Aquino".
Por otra parte, sus libros están escritos en un exquisito estilo literario, que no sólo deleita a quien los aborda, sino que hace enormemente atractiva para el lector las doctrinas que desarrolla. Esta belleza literaria de su obra le valió, entre varias distinciones, el haber sido designado miembro de la Academia Alemana de la Lengua y la Poesía, con sede en Darmstadt. También como conferenciante desarrolló una actividad prolífica y destacada, que lo llevó a los Estados Unidos, la India, Japón y a toda Europa.
Pero la reseña de toda esta rica actividad intelectual no alcanza mínimamente para dar una imagen adecuada y completa de la personalidad filosófica de Josef Pieper; en efecto, él era un auténtico filósofo, no un erudito, un mero "scholar" o un historiador de la filosofía. Por el contrario, todo lo que P. escribía, aún cuando comentaba a Tomás de Aquino, era auténtica-mente original y novedoso. Es notable ver, cuando se leen sus obras más propiamente tomistas, cómo es el mismo P. quien habla, a partir del Aquinate, pero con una impronta personal, que torna inconfundibles a sus trabajos - basta con leer unos pocos renglones para darse cuenta de que se trata de una obra suya.
Esta novedad se pone en evidencia en muchas de sus doctrinas más elaboradas; por ej., la que sostiene la primacía de la perspectiva de las virtudes en la Ética tomista; efectivamente, 65 mucho antes que los sostenedores actuales de esa interpretación, como Pinckaers, Abbá o MacIntyre, P. defendió que el núcleo de la Filosofía Moral tomista no se encontraba en el Tratado de la ley o en el de los actos humanos, sino específicamente en la "Secunda Secundae", la parte más extensa de la "Summa Theologiae", en la que se estudian exhaustivamente las virtudes. Que la ética tomista es esencialmente una ética de las virtudes, era una afirmación completamente revolucionaria en los años '30, que le trajo más críticas que elogios, pero que hoy aparece como la exégesis más acertada de la Ética de Tomás de Aquino.
Este carácter "tomista-original" de su pensamiento también se manifista en la particular perspectiva con que encara los estudios éticos: la de la buena vida humana. Para P., como por otra parte también para su maestro de Aquino, "lo que en estas cuestiones más interesa es averiguar qué es, en rigor, lo que fundamentalmente hace a un hombre bueno y recto"; y, refi-riéndose específicamente a la justicia, precisa que "lo exigido por el recto ser del hombre no es tan sólo que se realice 'lo justo', sino que se 'sea', además 'justo'". Esta perspectiva de la "vida buena" o de la "vida lograda", reivindicada en nuestros días por Robert Spaemann y otros autores, distingue netamente a la Ética realista propuesta por P. de las modas conse-cuencialistas, deontologistas o consensualistas a que nos tiene acostumbrados la ética contem-poránea y que han abocado, todas ellas, a la desfundamentación, la vacuidad y el desconcierto.
Estas posiciones de P. le valieron en algunos círculos el mote de "anticuado", aunque nada sea más necesario hoy en día que este tipo de "anticuados". En este sentido, ha escrito von Bal-thasar que "debemos un profundo agradecimiento a Josef Pieper por repetirnos sin descanso, en sus meditaciones pasadas de moda, aquello de lo que más necesita saber nuestro tiempo". Es posible sostener por ello, parafraseando a K. Löwith, que P. ha sido un pensador esencial para este tiempo "indigente": indigente de sentido de la realidad, indigente de actitud contem-plativa, indigente de auténtica comprensión del ser; y, sobre todo, indigente de apertura al Ser Trascendente, que otorga significado a todo lo real y, en especial, a la entera vida humana. Josef Pieper sabe ahora, abandonadas las limitaciones de este mundo, mucho más de todo lo que es necario saber.*
Carlos I. Massini Correas